¡Listos/as, ya!

Hagamos listas. Varias, de todo tipo. De las cosas que nos gustan, de los objetos que nos gusta compartir, guardar, de las series de televisión, de los personajes favoritos en los libros.

Hagamos listas. Ellas ordenan, y nos ayudan a pensarnos, a buscar en nosotros mismos una información escondida, casi secreta y, a veces, reveladora. Los docentes solemos clasificar, agrupar, estructurar, secuenciar, planificar. Los docentes sabemos conjugar los verbos en acción. Así somos, barajamos inconvenientes, tomamos decisiones y salimos adelante. Y, lo más curioso, es que nos gusta. Tenemos una tarea de responsabilidad, estresante, y que la mayor parte del tiempo no nos permite detenernos, hacer una pausa. El botón de play, siempre apretado, volumen al máximo. Mientras tanto, tomamos decisiones. Y lo más curioso, es que nos gusta. La rutina diaria es una mezcla de sensaciones que van de la absoluta alegría hasta a la aguda preocupación. Los docentes vivimos al límite. ¿Y quién nos entiende? Nosotros, sí. Eso seguro. ¿Basta con eso? No lo sé. Pero es importante.

Me agradan  las clasificaciones. Me ayudan a reflexionar acerca de mis gustos. Vayamos por la positiva. Hagamos un pequeño ejercicio, el que piensa pierde. Tome lápiz y hoja. Y empiece. Cinco minutos, presione bien fuerte el botón de pausa.

Hablemos de libros. Hablemos de literatura infantil y juvenil. Y, perdonen, hablemos de mí.

Me gustan los libros que hablan con la voz de un niño.

Los que tienen personajes adultos imperfectos.

Los que terminan con finales no tan felices (como la vida misma).

Los que el muchachito al final se queda con ella (como en mi vida).

Los que parecen guardar una música secreta entre los párrafos.

Los que me dan ganas de insultar y abrazar al autor.

Los que no parecen tener autor.

Los que están ilustrados y los que no.

Los que tienen texto y los que no.

Los que hay que releer.

Los que jamás volveré a leer.

Los que me hicieron tener miedo.

Los que me da miedo no leer.

Los que me hacen reír.

Los que no pudieron hacerme llorar.

Me gustan los libros que caben en un bolsillo.

Los libros incómodos y los portátiles.

Los eternos y los descartables.

Los que me da vergüenza recomendar.

Los que no leí e igual recomiendo.

Los que una vez leí y no volví a ver.

Me gustan todos los libros que regalaría antes de un viaje.

Me gustan sólo los libros que alguna vez quise robar.

Y nunca me animé.

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Literatura de la buena

¿Y a qué llamamos literatura de calidad? ¿A la que nos emociona? ¿La que nos hace reír? ¿La que evoca imágenes que nos arrancan lágrimas en los momentos íntimos de lectura? ¿La que no olvidamos a lo largo de nuestra vida?

Depende.

La elaboración de un gusto estético literario, en mayor o menor medida, es una construcción que abarca toda la vida. Pero podemos sentarnos a pensar qué libros ofrecer a nuestros alumnos, hijos, vecinos, etc. La escuela es un espacio donde compartir estos gustos. La escuela facilita el acceso a textos significativos. He de reconocer que, como docente, a veces, me preocupa más la calidad que la cantidad de libros que llegan a las aulas.

¿Por qué? Supongo que esto viene, una vez más, desde mi biografía de estudiante, donde no fueron muchos los libros de buena calidad a los que tuve acceso. Más bien, leí lo que estaba mi alcance, lo que me acercaban, lo que encontraba, hurgando en los  cajones de mi abuela, en los estantes de amigos. Por esto, creo que un mal libro tiene un impacto sumamente negativo en las manos de un lector joven sin hábitos lectores. Realmente puede ser nefasto que el chico vincule una experiencia poco interesante con el acto de leer literatura.

Entonces ¿qué hacemos?

Los alumnos, al acercarse a los libros, van definiendo preferencias. ¿Y dónde está nuestro lugar a la hora de seleccionar lecturas? Tomando en cuenta lo anterior, hay un recurso que facilita una apropiación afectiva del acto de leer, tanto en solitario, como a través del maestro, elegir un género, o subgénero y abordarlo sistemáticamente. Es decir, delimitar el campo de estudio y sus lecturas, hablar sobre autores enmarcados en él, estilos, etc.

Pero por algún lugar tenemos que comenzar. Mi consejo: el humor. Siempre el humor.

Si elegimos un texto que le permita al lector relajarse, disfrutar plenamente. Es en este subgénero donde hay autores destacados, que manejan la voz del niño como narradores en forma magistral. Vayan como ejemplo dos autores:

Roald Dahl: Los Cretinos, La maravillosa medicina de Jorge, Superzorro, Matilda.

Sus libros le permiten al niño sentirse identificados ante los atropellos de los adultos, al instante. Sin caer en los estereotipos, Dahl es un maestro de lo grotesco y el absurdo. Imperdible mirada sobre la relación adulto-niño.

Sempé-Goscinny: Las vacaciones del pequeño Nicolás, El chiste, Los amiguetes del pequeño Nicolás, Joaquín tiene problemas, etc.

La vida escolar en toda su magnitud relatada desde el humor, con la maestra con la que suelen deleitarnos este par de autores. Textos inolvidables narrados en primera persona. Con jocosos guiños para los adultos, la serie del pequeño Nicolás es un viaje a la infancia y sus rincones más luminosos. Tanto los docentes como los alumnos disfrutarán de ser parte de un mundo del cuál no querremos salir.

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Nacer lector

No estuve rodeado de libros. Quizás algunas revistas de historietas que mis primos dejaban olvidadas en la mesa de la cocina. Jamás nos visitó un escritor en la escuela a la que fui. En la estropeada biblioteca de mi liceo la mayoría de las novelas tenían las tapas rotas, las hojas amarillas, quebradizas.

Los libros buenos eran pocos y caros.

Sin embargo, hubo algo que me acercó a ellos. ¿Qué fue? ¿Dónde estuvo el vínculo, casi mágico, que hasta el día de hoy me une a este objeto que perdura en el tiempo, pese a la velocidad de la información en red, a los satélites y la fibra óptica?

Pese a todo esto, fui y soy un lector voraz. Leo en la parada del ómnibus, en el ómnibus, en la sala de espera del dentista. Leo boletos y afiches, revistas de la farándula, volantes, semanarios de política exterior, leo todo lo que llega a mis manos. Saboreo cada palabra, las desarmo a cada una de ellas, vuelvo a armar el puzle y empiezo otra vez. Siempre estoy leyendo. Me encantan las palabras. Es mi materia prima, son nuestra materia prima.

Si alguien habla de un libro en una reunión o fiesta, dejo automáticamente de prestar atención a lo que sea que estaba haciendo. Y me acerco, trato de aprender, de saber más, de conocer autores, géneros, temas.

Varias veces he intentado responder a la pregunta del origen de esta actitud. Me remonto a una noción, una mirada, que sobrevoló siempre en mi familia. La cultura, sus expresiones y con ellas los libros, era sinónimo de formación, educación, prestigio. Leer estaba bien. Saber estaba bien. Quizás ahí pueda estar una clave.

No nacemos lectores, nos ayudan a serlo, nos construyen los hábitos. Luego, como lectores avezados, creamos nuestros

gustos, nuestras rutinas. Sobre todo a la hora de leer literatura.

Leer en el aula

Los docentes creamos lectores. Nuestros gustos y hábitos aconsejan, distribuyen energía positiva, contagian, todo el tiempo. Un maestro en medio de una montaña de libros, recomendando, mostrándolos bien alto, leyendo fragmentos, es una herramienta potente para estimular al niño a leer con ganas.

Hágase la prueba: ponga sobre una mesa varios ejemplares de buena literatura, atractiva, cuidada, pensada, y verá que ningún alumno resistirá a mirarlos, tocarlos, compartirlos.

Yo no tengo la verdad en mis manos sobre este o ningún tema, lo sé, pero estoy plenamente seguro que un maestro apasionado por la lectura, es la forma más rápida de crear un lector apasionado.

No importa si el alumno no posee libros en su casa. Ni siquiera si no le hablan de ellos, visita ferias o presentaciones, o está acostumbrado a ojear historietas de mala calidad. No, un lector hace nacer a otro.

Pero, para ello, hay un aspecto muy importante: elegir buena literatura.

¿Y qué es buena literatura?

Ah, esa es otra historia.

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Una idea para acercar (nos)

Con este blog nos proponemos crear un espacio donde la lectura y escritura, sus posibilidades y herramientas, dialoguen. Docentes, alumnos y escritores unidos en el vínculo afectivo de las letras. Un campo fértil donde conocer propuestas, autores, libros, entrevistas, etc.

Crear, planificar juntos, comunicar experiencias. Esa será la guía de nuestro trabajo. Establecer criterios, potenciar la experiencia educativa diaria,  a través del análisis y producción de textos literarios.

Todos los comentarios serán bienvenidos. Siempre.

Los autores en el aula

La visita de un autor siempre es una gran oportunidad para impulsar la lectura, tanto de un título trabajado previamente, como los futuros abordajes a un texto o la obra de dicho escritor. Lo afectivo juega un papel fundamental aquí. El compromiso, la identificación con alguien cercano, visible, con dudas y miedos, con deseos e inquietudes. El lector se involucrará. Dialogará con alguien próximo, vivo. Alejándonos así de la noción de que un escritor es un ente separado de la realidad, sólo perceptible en el papel.

Para nuestros alumnos, recibir a un escritor en el lugar de estudios significa acercar, tanto una profesión que siempre posee un poco de misterio, como el mundo de la escritura literaria en el estado más puro. El proceso creativo se puede vivir junto al autor, a través de la planificación de una buena entrevista. Amena, significativa, que tome en cuenta, finalmente, las necesidades de todos los involucrados.

Planificar la visita. Preguntar mejor

Se pueden establecer algunos criterios para recibir a un autor en la clase. Es decir, tomando en cuenta que nuestro punto de partida sea la lectura previa de un título cualquiera del autor, iremos más allá en la visita. Indagaremos en profundidad, minuciosamente en lo que nos interesa. Para ello, pensar preguntas que nos ayuden a comprender mejor el universo creativo en el que nos movemos como lectores, hará que la situación creada entre todos sea óptima.

A modo de ejemplo. Preguntas acerca de la obra leída previamente.

¿Cuáles son las fuentes de inspiración?

¿Qué lo lleva a elegir un género literario determinado?

¿Qué autores influenciaron su escritura?

Preguntas acerca de la creación literaria.

¿En qué soporte escribe, papel, PC, etc.?

¿En qué  forma corrige sus textos?

¿Cuáles son los tiempos que maneja en este proceso?

¿Qué lugar ocupa la escritura en su vida, rutinas, espacios, tiempos?

Y así. Las posibilidades son infinitas.

 

La visita de un autor es una oportunidad.

  • Para conocer más sobre la profesión de escribir.
  • Para que el alumno se identifique con unos temas, criterios y estilos literarios.
  • Para que los docentes creen un marco o proyecto donde incorporar esta visita (proyecciones).
  • Para dialogar acerca de las características obre la subjetividad en cuanto a la apreciación estética en la literatura.

Finalmente: planificar y organizar la actividad, de modo que se pueda retomar lo abordado en forma secuenciada, cuando el docente lo desee.

A modo de anécdota

Siempre recuerdo algunas de las expresiones con las que me recibían los niños en las primeras visitas que hacía a los colegios:

“Pero cómo…, ¿vos sos escritor? ¿Y por qué no tenés maletín?”

“Pensé que los escritores siempre trabajaban solos y encerrados”

“¿Nadie lee lo que escribís antes de que salga el libro?”

Quiero decir, gracias a los aportes de todos los actores involucrados, hemos mejorado las preguntas y las respuestas, poco a poco, día a día, libro a libro.

 

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